jueves, 25 de julio de 2013

La aceptación de la muerte

Hay días en los que esta profesión se hace dura, y hoy, ha sido uno de ellos.

En mi rotación de dolor veo a diario a pacientes oncológicos, pacientes que luchan con perseverancia para vencer su enfermedad y a los que en un signo de apoyo intentamos aliviar sus dolores.


Esta mañana la puerta se ha entreabierto para abrir paso a una pareja de mujeres. Una de ellas, la extranjera que apenas hablaba español y la paciente en sí, se ha sentado enfrente mío y ha sonreido abiertamente.
La segunda, la amiga y traductora era una señora muy dicharachera que contagiaba su alegría en cada frase.

Y entonces, en todo aquel intercambio de frases, no podía dar crédito a lo que mis oídos escuchaban...


"Ella solo quiere morir en paz, sin ningún dolor"

Incrédula, yo abría los ojos como platos ante la alegre mirada de ambas mujeres.

¿Podría ser cierto que esa persona aceptara de una forma tan abierta su propia muerte?

Y entonces indagué en su historia clínica. 

La paciente se había negado en rotundo a cualquier tratamiento, no quiso ser operada, ni someterse a quimioterapia ni radioterapia, y te lo decía así, tan pancha, como quien te cuenta que el kilo de tomates ha subido esta semana...

En la exploración, su tumor de mama había deborado literalmente sus pechos, y la imagen que se presentaba ante mi era digna de antiguos libros de ginecología, pues hoy en día es muy difícil encontrar en nuestra sociedad este tipo de enfermedad en un estado tan avanzado.

Me hubiera gustado coger a esa señora por los hombros, zarandearla y hacerle entrar en razón: ¡¡pero buena mujer, no se da cuenta de que la vida es hermosa!! ¡¡No entiende que una vez tirada la toalla no hay vuelta atrás!


Pero en lugar de eso, le he preguntado si estaba jubilada, he tomado las recetas rojas y he prescrito un opioide para mitigar todo dolor neuropático que el cancer le pudiera causar. Le he extendido la receta y con una sonrisa, la mujer me ha dado las gracias por colaborar en su decisión de una muerte digna y en paz, sin ningún dolor.

Lo más sorprendente de todo, es que en lugar de compasión, he sentido admiración por esa mujer, que sin titubeo ha aceptado su muerte como un proceso natural y de una forma tan abierta, tanto que más bien me ha dado miedo. 

No solo aprendemos de los maestros, todo paciente puede enseñarte una gran lección.



martes, 14 de mayo de 2013

Cara de Póquer


-¿Y por qué dice que trae a su hija?

-Si, le van a hacer una prueba para ver de donde vienen las voces que escucha.

-Ah, ¿Así que oye voces?

-Si, a veces le dicen: "¡No comas la comida!", otras: "¡Coge el cuchillo y mata a mami!"

-Ajá...entiendo...


Y es entonces cuando pones esa "cara de póquer".


-...Quien no ha tenido esas experiencias...


domingo, 14 de abril de 2013

De cuando elegí ser anestesista

La fila se me estaba haciendo eterna. La chica de delante lanzaba un soplido tras otro mientras arrojaba nerviosas miradas a todos los lados, hasta que se encontró con la mía y entonces sonrió. Yo a su vez le devolví la sonrisa. De todas formas yo no podía ser su enemiga, ya que iba detrás y era imposible que le quitara su plaza.

Avanzábamos a pequeños pasos mientras el señor de corbata iba cantando nombres: nombres de personas, nombres de hospitales, nombres de especialidades...Cada vez la lista se iba reduciendo, a la vez que la paciencia de todos los presentes.

Mi mente viajaba de un lado a otro de la geografía española...¿estaría haciendo bien?¿De verdad quería volver a alejarme de todos los míos?¿Era esa la especialidad que quería? ¡Y yo que pensaba que el examen que había pasado iba a ser lo peor!
Las manos me sudaban, las piernas me flojeaban y aquella pequeña tarima en la que todos avanzábamos como hipnotizados por la voz de aquel hombre, comenzaba a darme vértigo...

Y entonces llego mi turno. El hombrecillo me preguntó en un susurro cuál iba a ser mi elección y con los ojos como platos escapó una vocecilla temblorosa de entre mis labios: Anestesia, quiero hacer anestesia...

El vertigo comenzó a aumentar, el señor comenzó a teclear y apareció en el ordenador mi plaza de residente, solo tenía que apretar un botón y la suerte estaría echada...

Miles de imagenes se apelotonaban en mi mente, la muchedumbre que esperaba comenzaba a girar a mi alrededor, el vertigo aumentaba, aumentaba, aumentaba...hasta que de repente, con un movimiento propio de una autómata presioné ese "Intro".

Ni siquiera le devolví la mirada al señor. Tampoco miré la pantalla gigante que tras de mi anunciaba todos mis datos junto con la especialidad que había elegido. Solo queria salir de allí.

Comencé a correr como una posesa por aquel largo pasillo hasta que la puerta del ministerio me frenó. La atravesé y empecé a saltar, las lagrimas asomaban por mis mejillas y todo el vértigo se esfumó cuando caí en los brazos de mi madre, de mi hermana, de mi novio y grité bien alto...

¡VOY A SER ANESTESISTA!


En ese momento, comenzó la verdadera aventura...