Avanzábamos a pequeños pasos mientras el señor de corbata iba cantando nombres: nombres de personas, nombres de hospitales, nombres de especialidades...Cada vez la lista se iba reduciendo, a la vez que la paciencia de todos los presentes.
Mi mente viajaba de un lado a otro de la geografía española...¿estaría haciendo bien?¿De verdad quería volver a alejarme de todos los míos?¿Era esa la especialidad que quería? ¡Y yo que pensaba que el examen que había pasado iba a ser lo peor!
Las manos me sudaban, las piernas me flojeaban y aquella pequeña tarima en la que todos avanzábamos como hipnotizados por la voz de aquel hombre, comenzaba a darme vértigo...
Y entonces llego mi turno. El hombrecillo me preguntó en un susurro cuál iba a ser mi elección y con los ojos como platos escapó una vocecilla temblorosa de entre mis labios: Anestesia, quiero hacer anestesia...
El vertigo comenzó a aumentar, el señor comenzó a teclear y apareció en el ordenador mi plaza de residente, solo tenía que apretar un botón y la suerte estaría echada...
Miles de imagenes se apelotonaban en mi mente, la muchedumbre que esperaba comenzaba a girar a mi alrededor, el vertigo aumentaba, aumentaba, aumentaba...hasta que de repente, con un movimiento propio de una autómata presioné ese "Intro".
Ni siquiera le devolví la mirada al señor. Tampoco miré la pantalla gigante que tras de mi anunciaba todos mis datos junto con la especialidad que había elegido. Solo queria salir de allí.
Comencé a correr como una posesa por aquel largo pasillo hasta que la puerta del ministerio me frenó. La atravesé y empecé a saltar, las lagrimas asomaban por mis mejillas y todo el vértigo se esfumó cuando caí en los brazos de mi madre, de mi hermana, de mi novio y grité bien alto...
¡VOY A SER ANESTESISTA!
En ese momento, comenzó la verdadera aventura...