En mi rotación de dolor veo a diario a pacientes oncológicos, pacientes que luchan con perseverancia para vencer su enfermedad y a los que en un signo de apoyo intentamos aliviar sus dolores.
Esta mañana la puerta se ha entreabierto para abrir paso a una pareja de mujeres. Una de ellas, la extranjera que apenas hablaba español y la paciente en sí, se ha sentado enfrente mío y ha sonreido abiertamente.
La segunda, la amiga y traductora era una señora muy dicharachera que contagiaba su alegría en cada frase.
Y entonces, en todo aquel intercambio de frases, no podía dar crédito a lo que mis oídos escuchaban...
"Ella solo quiere morir en paz, sin ningún dolor"
Incrédula, yo abría los ojos como platos ante la alegre mirada de ambas mujeres.
¿Podría ser cierto que esa persona aceptara de una forma tan abierta su propia muerte?
Y entonces indagué en su historia clínica.
La paciente se había negado en rotundo a cualquier tratamiento, no quiso ser operada, ni someterse a quimioterapia ni radioterapia, y te lo decía así, tan pancha, como quien te cuenta que el kilo de tomates ha subido esta semana...
En la exploración, su tumor de mama había deborado literalmente sus pechos, y la imagen que se presentaba ante mi era digna de antiguos libros de ginecología, pues hoy en día es muy difícil encontrar en nuestra sociedad este tipo de enfermedad en un estado tan avanzado.
Me hubiera gustado coger a esa señora por los hombros, zarandearla y hacerle entrar en razón: ¡¡pero buena mujer, no se da cuenta de que la vida es hermosa!! ¡¡No entiende que una vez tirada la toalla no hay vuelta atrás!
Pero en lugar de eso, le he preguntado si estaba jubilada, he tomado las recetas rojas y he prescrito un opioide para mitigar todo dolor neuropático que el cancer le pudiera causar. Le he extendido la receta y con una sonrisa, la mujer me ha dado las gracias por colaborar en su decisión de una muerte digna y en paz, sin ningún dolor.
Lo más sorprendente de todo, es que en lugar de compasión, he sentido admiración por esa mujer, que sin titubeo ha aceptado su muerte como un proceso natural y de una forma tan abierta, tanto que más bien me ha dado miedo.
No solo aprendemos de los maestros, todo paciente puede enseñarte una gran lección.